Recibí la semana pasada el libro Universities in Translation: The Mental Labor of Globalization, editado por Brett de Bary (Hong Kong University Press 2010). El mismo día que me llegó leí la primera mitad, y al día siguiente leí la otra mitad. Al terminar me sentí totalmente deprimida y pesimista. Este libro es una crónica de lo que está sucediendo alrededor del mundo en las universidades. Durante el siglo XXI las universidades han sido reconceptualizadas, de ser bastiones del conocimiento y la relfexión, a centros de servicios educativos que deben dotar de 'habilidades' y 'competencias' a quienes entran a ellas como estudiantes.
El trabajo docente se ha convertido, según muestra el libro, en un conjunto de unidades medibles y contabilizables que hacen a las y los docentes relativamente intercambiables, pues la calidad no forma (ni puede formar) parte de esta contabilidad académica. Este es un proceso que se está dando, según los casos reportan, en Japón, Corea, Francia, Alemania, Rusia, China, Hong Kong, México, Singapur y Estados Unidos.
Escribiendo desde Corea, Byeong-Gwon Goh dice que esta transformación de la universidad, en el contexto coreano está llevando a la desvalorización del pensamiento crítico y reflexivo: debemos formar personal técnico, que pueda llevar a cabo tareas específicas y sepa cómo utilizar medios específicos, y no intelectuales que se dediquen a la reflexión, consideren las razones gnoseológicas de nuestras percepciones del mundo, y puedan cuestionar las formas sociales y políticas dentro de las que nos toca vivir. Goh dice que en Corea él presiente la muerte de lo que actualmente conocemos como intelectuales, como resultado de esta transformación de los objetivos del conocimiento y del funcionamiento actual de las universidades coreanas.
Las transformaciones que Goh describe son similares a las que están ocurriendo ahora en las universidades canadienses, estadounidenses y mexicanas con las que estoy familiarizada. El trabajo docente se ha burocratizado en los últimos años en formas que antes nos hubieran parecido ridículas: cuántas horas efectivas de clase hemos dictado, cuántos estudiantes han aprobado o reprobado, cuáles son las habilidades específicas que hemos transmitido y cuáles los medios que hemos utilizado son ahora los valores que dictan y organizan nuestro trabajo en las aulas.
En el pasado, Kant pensaba que la filosofía debía ser la disciplina que articule y vigile a todas las demás disciplinas académicas, incluyendo a las ciencias. En la universidad del presente, y ciertamente en la que se perfila actualmente como la universidad del futuro, la filosofía, en tanto que amor al conocimiento, en tanto que pensamiento profundo sobre las cosas, y en tanto que punto de partida para pensar y cuestionar el mundo, está siendo atropellada y expulsada por la técnica. El proceso es veloz, y es mundial, según nos muestra este libro.
Quizá ahora nos toca, con la muerte de los intelectuales y el desmantelamiento de la universidad filosófica, salir de la universidad para reclamar nuevos espacios en los que sea posible el pensamiento crítico, y en los que cultivemos el pensamiento libre. Es a quienes son ahora nuestras y nuestros estudiantes a quienes tocará luchar por restablecer al pensamiento como la razón de ser de la universidad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada